Cuando Safo conoció a Alceo

19:31

Aclaración: Este escrito es un relato totalmente ficticio basado en la línea de estudiosos que creen en una relación que debió haber entre los poetas griegos del siglo VII a. C. Safo de Lesbos y Alceo de Mitilene. Dicha tendencia no puede demostrarse y se basa en un fragmento de diálogo escrito por Aristóteles y por diversos fragmentos en la poesía de Alceo en la que se hace referencia a la poetisa (sin ningún dato relativo a una relación previa).

Si he escrito esto es, simplemente, por divertimento privado sobre un tema que me parece, como poco, interesante a la interpretación libre. Por ello, espero lo disfruten como lo que es: un breve texto ficticio ambientado en la antigua Grecia.




Las luces se filtraban por la ventana de la habitación en la que una mujer descansaba. Sus rizos dorados caían por el contorno de su cuerpo, alcanzando unas caderas anchas y voluptuosas de la más blanca piel. Abrió los ojos con lentitud, estirándose con cuidado y sintiendo cada resquicio de la tela que cubría pudorosamente lo que tanto se prohibía mostrar en público. Dirigió la mirada cristalina hasta la escultura femenina que se separaba de ella por apenas unos metros.

Completamente desnuda, apoyaba sus posaderas sobre un cojín de suelo. Las piernas ladeadas sobre la fría piedra del suelo le servían de apoyo mientras escribía en una pequeña tablilla de madera y arcilla. Sus cinceladas eran finas, firmes; su concentración, esmerada, sin esfuerzo. El entrecejo ligeramente torcido a causa de los pensamientos que se arremolinaban, deseando salir. Su pelo, abundante y como el azabache, ocultaba sus pechos. La luz solar la bañaba por completo, dotándola de un halo inmortal. La muchacha del lecho sintió que su presencia era sucia frente a tal imagen de diosa olímpica, digna de retar a la mismísima Afrodita.

A sabiendas de lo importante que eran sus escritos, la joven se levantó, despacio, intentando no hacer ruido. Con un dulce beso en la mejilla se despidió de una hermosa Safo justo antes de dejar la estancia. Ella, inmersa por completo en su tarea, prácticamente fue ajena a dicha acción. Debía plasmar lo que le había hecho sentir aquella noche en un poema que, más tarde, recitaría ante las demás. No podía evitarlo: las palabras fluían por sí solas sin descanso. Ella las veía desamparadas, en soledad, buscando un hogar en el que poder perdurar para siempre.

Muchas horas pasaron sin ver su níveo rostro las compañeras que paseaban por el lugar, realizando libaciones a la diosa de la belleza o, simplemente, conversando entre sí. Al descender de sus improvisados aposentos, Safo dejó a muchas sin aliento: el cuerpo era cubierto por un peplo de color purpúreo que resaltaba aún más sus atributos, al igual que la belleza de sus tirabuzones, saltando sin ningún orden fuera del recogido que había logrado hacer a prisas.

—¿Está todo listo? —preguntó sin dejar de avanzar, atravesando el patio.

—Sí, bueno…

Al ver titubear a su joven confidente, la poetisa volvió a preguntar qué ocurría. El templo al que se dirigían, a pesar de ser visitado únicamente por mujeres, había recibido la visita de un hombre, otro poeta que precisaba su presencia. Extrañada ante tal anuncio, la joven se apresuró hasta llegar al pórtico de entrada.

Entre las columnas, dos hombres descansaban: uno, apoyado sobre la misma, y el otro, sentado sobre los escalones de acceso al pequeño templo. Nada más ver a su señora, el segundo se levantó apresuradamente, mientras el otro continuaba en la misma posición. Acercándose ella, preguntó en tono serio y severo:

—¿Qué les trae por estas tierras de culto?

Ante aquel tono y la belleza desprendida por la sonrisa de la poetisa, el muchacho ahora en pie ruborizó sus mejillas y calló. El silencio que envolvió el ambiente, roto solamente por las pisadas de las jóvenes que se disponían a entrar, hizo que Safo alzase las cejas, instándoles a responder. Al fin, pudo recomponerse el muchacho y abrir la boca.

—Mis disculpas, señora. La vergüenza no me deja articular palabra.

Safo, cambiando a serio su semblante, alzó el mentón, altiva.

—Si tus intenciones fueran nobles, no tendrías vergüenza en decir la verdad.

Dicho aquello, pasó a su lado como una exhalación. Por poco no es capaz de retenerla, pero sus reflejos actuaron con astucia por una vez. Ante tal agravio, Safo a punto estuvo de ponerse a gritar, pero el joven la soltó de inmediato.

—Lo siento, señora. Mi nombre es Alceo, de Mitilene —. Ella conocía su identidad: lo había visto varias veces por la ciudad y, a pesar de su joven edad, las lenguas lo alababan por sus escritos, pero le dejó continuar—. Me gustaría proponerle la creación de algo: un poema común. Sería un honor escribir con la que a todos aluden como la reencarnación de la diosa a la que rinde culto.

A pesar de la osadía en sus palabras, la poetisa tenía la sensación de que debía aceptar. Tomándolo como un augurio de la diosa, inclinó ligeramente la cabeza en un leve asentimiento antes de proseguir su camino, sintiendo un leve rubor en las mejillas que no pasó desapercibido por su confidente, que la seguía sin demora.

En las columnas, Aristóteles* dio una palmada sobre el hombro de Alceo, que por fin respiraba tranquilo. Se había debatido demasiadas veces para hacerle aquella proposición, pero algo en su fuero interno le instaba a ello. No apartó la mirada de aquellos negros cabellos y del blanco cuello hasta que las puertas se cerraron tras las jóvenes, obligándolo a retirarse del lugar por el momento. Aún sentía la mano con la que había agarrado el suave brazo de la poetisa cosquilleando bajo su piel. Sin lugar a dudas, Safo te hacía sentir vivo: por dentro y por fuera.

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*Estoy al tanto de que no son de la misma época, pero he querido hacer un guiño al diálogo que coloca él en su obra sobre ambos poetas.

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